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¡Incautos, no lean esto!

¡Incautos, no lean esto!
Fotografía de: Gregorio Cabrera

Saúl García.

Escalofriante relato sobre la terrible transformación del prestigioso periodista Saúl García, según parece por culpa nuestra. Un tono kafkiano para una realidad habitada de ocasos y burgaos. Nos tememos una demanda.

E
scribo esta líneas desde mi retiro. Espero que ustedes lo entiendan, que puedan llegar a comprender mi situación. Y si no pueden aplicar la compresión, apliquen la compasión, porque no he sido yo quien ha elegido este destino. Son mis últimas líneas, y si las escribo es sólo por filantropía, para que ustedes no se vean obligados a recorrer mi camino.

Yo también era una persona normal antes de leer Diarioatlántida.com. Es más, era un periodista normal. Leía, preguntaba, anotaba y escribía. Sujeto, verbo y predicado. Un hecho detrás de otro, y otro, y otro. Pirámide invertida. Muchos nombres propios. Pocos lugares comunes, nada de adjetivos. Como mucho algún adverbio. Oraciones subordinadas, sí, pero subordinadas a la información, a la eficacia de la historia. Ya ven de qué les hablo.

Síntomas preocupantes


Ahora todo es distinto. No hay vuelta atrás. Ahora se me cuelan metáforas, hago comparaciones y juegos de palabras, utilizo verbos como clamar, mecer, surcar o fluir. Escribo, y no salgo de mi asombro, «enterregado», «totiso» y «alongar». El mes pasado hice un reportaje sobre unas obras ilegales y comencé el texto describiendo el atardecer.
Después le dije a mi redactor jefe que quería hacer una serie sobre el esfuerzo de los campesinos, y al día siguiente, tras una rueda de prensa sobre los presupuestos, se me ocurrió incluir en el texto una descripción de los zapatos del alcalde. Tenía sentido, ahora no se cuál, pero lo tenía.

La historia menuda no me deja dormir, la injusticia me tiene loco y no soporto que desaparezca la caralluma buchardi.


Y lo peor no es que haya afectado a mi escritura, sino que ha cambiado mi mirada. Me fijo en el caminar de los perenquenes, me ensimismo con un caboso y escucho el susurro de una coruja donde sólo hay un búho dando la lata. Noto, y lo puedo decir bien alto, el temblor de la tierra, la caricia del alisio, el clamor de un fósil y el grito del volcán. Interpreto la espuma del mar (perdón, de la mar), y la sombra de una silueta. La historia menuda no me deja dormir, la injusticia me tiene loco y no soporto que desaparezca la caralluma buchardi. Me entrego a la intuición. Este verano subí a a una montaña y se me puso la piel de gallina, y en la playa se me ocurrió coger un burgao y mirar la luz del sol a través de él.

El adiós

La semana pasada tenía que escribir una noticia sobre una sentencia del Tribunal Supremo que anulaba unas licencias urbanísticas. No pude. No supe comenzarla porque no encontré una anécdota adecuada. Le dije al director: «yo no quiero seguir haciendo esto, yo quiero escribir historias que emocionen, sobre gente a la que no escucha nadie, revelar problemas de verdad, hacer textos con alma, mejorar la vida de la gente…» «Tú no sabes hacer eso, pero ya sabes dónde está la puerta; te puedes ir con ese amigo tuyo del Diarioatlántida», me dijo. Y me marché. Y no voy a volver. Esto es lo último que escribo y lo hago por ustedes. Después no digan que no se lo advertí.


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