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Cabosos frente a la estupidez humana

Cabosos frente a la estupidez humana
Fotografía de: proyectomilapa.org

La historia de un peculiar habitante de las charcas intermareales de Canarias. Una gran historia en un pequeño cuerpo. 

Un texto de Gregorio Cabrera

*Publicado originalmente en Diario de Lanzarote

T
engo una cabeza demasiado grande que remata un cuerpo rechoncho y según los expertos en la materia carezco de “interés comercial”. La última parte supone un rasgo de distinción en estos tiempos mercantilistas. Puede que a alguien le llegara a tentar también el pensamiento de que la falta de perspectiva de lucro me ha proporcionado mayor tranquilidad. Se equivocaría.

Voy a cumplir diez años y bordeo peligrosamente por tanto el límite estadístico de la existencia entre los miembros de mi especie. Poco tiempo para nosotros, supongo que demasiado e incluso innecesario para aquellos que nos han colgado la etiqueta de inservibles para el mercado. Para ellos somos invisibles, porque no somos susceptibles de figurar en ninguna cuenta de resultados. Quizás nos contemplen como un dispendio de la naturaleza, un oneroso y escasamente agraciado capricho, un eslabón perdido.

Una década después, decía, me acerco al final de mis días. Una constitución escasamente aerodinámica como la mía te puede hacer llegar tarde a muchos sitios, pero siempre arribamos puntuales a la orilla final. No hay nada que hacer al respecto y así debe ser. Los cabosos nos caracterizamos por poseer un carácter estoico.

Días sumergidos

Mis días han transcurrido sumergidos entre los límites precisos de un charcón tan cristalino que muchas veces se me ha hecho difícil distinguir la frontera entre el agua salada y el exterior. Me es comprensible que imaginen lo contrario, pero una pequeña laguna azul proporciona un vasto conocimiento de la vida en sociedad y de lo que se siente al ser la parte supuestamente menos ventajosa de ésta. De hecho, he visto y aprendido más de lo que me habría gustado de haber podido elegir.

Nos cuesta movernos y es relativamente fácil capturarnos, una paradoja y casi una broma del destino cuando adoleces del dichoso “interés comercial”. Precisamente a causa de nuestra condicionada motricidad preferimos arrastrarnos hasta el filo de la charca, muy cerca del extremo donde comienza el más allá acuático, dejar reposar la panza sobre las rocas y contemplar lo que sucede a nuestro alrededor, dentro y fuera de nuestro mundo. Con nuestra enorme boca dibujamos sobre todo expresiones de asombro.

 Algunos de nosotros observan con envidia el grácil nadar de los pejeverdes, dotados además de un extraordinario colorido. Son nuestro arcoiris en movimiento” 

Una piel parda gelatinosa envuelve nuestro organismo. Algunos de nosotros observan con envidia el grácil nadar de los pejeverdes, dotados además de un extraordinario colorido. Son nuestro arcoiris en movimiento. No podría negar su belleza, pero al menos yo los encuentro altivos y distantes. Jamás se detienen a mirar algo que no sea su propio reflejo, algo así como si tanto destello exterior no encontrara eco dentro. Igual que los erizos. Demasiada defensa para tan escaso universo interior.

Una década, pese a todo, es una enorme cantidad de tiempo, una eternidad a medida. Caben millones de mareas y de horas de observación. Personalmente, he encontrado gran entretenimiento analizando los movimientos de los burgaos, un baile que sigue el ritmo de las subidas y bajadas del océano. Hubo una época en la que sentí envidia de su capacidad para habitar dentro y fuera del agua. Pero eso ocurrió antes de ver cosas que ojalá pudiera olvidar.

Hubo, sí, momentos en los que habría empeñado una de mis raquíticas aletas por una excursión completa por la galaxia terrestre. Hasta que llegó aquel fatídico día. El sol penetraba en el charcón y lo salpicaba de iridiscencias. Un contraste radical de belleza para lo que vendría más tarde. Varios de nosotros permanecíamos agolpados sobre el basalto, ociosos, saciados, presintiendo alisios sobre nosotros. De repente el mar se revolvió violentamente y dos de mis compañeros desaparecieron súbitamente.

Estupidez humana

No sabíamos qué había sucedido. Huimos a las profundidades. Yo, ávido de saber, ascendí de nuevos pasados unos minutos, me oculté bajo unas algas y vi qué había sucedido a través del velo de la lámina de agua. Gigantescos bípedos jugueteaban con nuestros congéneres. “Si los devuelven ahora”, pensé, “todavía tendrán una oportunidad de sobrevivir”. Pero no ocurrió así. A veces los habitantes de la mar perdemos la vida por el interés comercial. Otras veces, como entonces comprendí, caemos víctimas de la estupidez humana.

Horas después el agua volvió a removerse de nuevo. Los cuerpos descoyuntados golpearon la superficie, arrojados desdeñosamente. Lentamente descendieron hacia el fondo, inertes, mientras los igualmente estúpidos y ausentes pejeverdes continuaban con su nado ininterrumpido y ególatra. Ese día se quedó pequeña mi gran boca.


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