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Soy un camello socarrón

Soy un camello socarrón
Fotografía de: Montserrat Labiaga

Un ejemplar cualquiera de camello, una especie que forma parte del paisaje de Canarias, se presente a sí mismo y a sus congéneres. No pierdan detalle. 

Un artículo de Gregorio Cabrera

*Publicado previamente en Diario de Lanzarote. 

Q
ué quieren que les diga. Llega un momento en que se cansa uno. Es mejor no saber, ignorar, desatender la realidad, dar la espalda a los demás. Así, a base de mirar la vida de soslayo y de entender las imposturas de este escenario, me convertí en el viejo socarrón que soy.

A los de mi especie nos han temido, amado, anudado, domesticado, castrado y rara vez comprendido. Se sorprendería usted de las cosas que se han escrito sobre nosotros apenas que tenga un soplo de sentimiento en el interior de su carcasa humana.

Esto lo dejó dicho hace siglo y medio un rancio académico ya entonces atávico, polvoriento y condenado al olvido tras el juicio del tiempo, un veredicto proporcionado según mi criterio: “Su inteligencia es bastante escasa. Equivocadamente se les tiene por buenos, dóciles y pacientes. Son por el contrario malignos, aun cuando se sometan con cierta resignación al hombre, reconociendo su superioridad”.

Todo falso, en especial la última parte. Jamás me ha parecido el humano un ente especialmente digno de atención. De hecho, buena parte de mi altanería se la dedico al hombre. Y digo yo, rumiando pensamientos, ¿qué sabría este erudito de salón que seguramente no habría visto a un ser como yo en toda su encorsetada vida, si acaso en un mugriento museo de la altiva Europa?.

Nada conocía usted de mí, Juan Vilanova y Piera, por mucho que fuera usted Catedrático de la Universidad Central de Barcelona y miembro del Ateneo. Hay que sentir de cerca mi aliento para tratar de entenderme. Si alguien se atreve, claro.

Cruzarse con un macho en celo era sinónimo de ataque casi seguro. Nos huían. Y hacían bien…”

Justo es reconocer y no me duelen prendas en hacerlo que en ocasiones nos hierve la sangre y resultamos una compañía poco conveniente. Ocurre sobre todo cuando entramos en temporada de amoríos, cuando un calor abrasador nos corroe por dentro. Entonces, cierto es, resulta aconsejable no cruzarse con nosotros.

Antaño las noches de los pequeños pueblos de Lanzarote poseían su propia pesadilla andante. Cruzarse con un macho en celo era sinónimo de ataque casi seguro. Nos huían. Y hacían bien. En esos momentos una mezcla de rabia y deseo incontenibles recorre nuestras venas y llega en forma de ríos de fuego y saliva a la boca, donde se convierte en una masa ardorosa y caústica que escupimos y que es capaz de producir quemaduras sobre la débil piel humana.

También somos capaces de patear con violencia hacia adelante y hacia atrás, de aplastaros contra el suelo con la concha huesuda de nuestro pecho en menos de lo que tardáis en decir ‘tuche’ o de romperos un brazo de un mordisco.

Pero, insisto, son momentos de ceguera temporal. Por lo demás, somos bichos confiables. Y sobre todo duros como el basalto sobre el que se sostienen las islas. Procedemos de lugares donde la vida no es bienvenida, de ahí nuestra naturaleza tozuda y quimérica.

Nacer para resistir

Hemos nacido para aguantar y permanecer vivos allá donde la vida es producto de la insistencia. Mis heces caen tan secas que resultan inflamables y resultan ideales para animar hogueras, porque mi cuerpo no puede pemitirse que escape una gota de agua de más. La salinidad de mi orina duplica la del agua del mar y mi organismo es capaz de lubricarse con una sangre casi tan espesa como la grasa de pardela.

El desierto nos hizo así. Entre sus dunas vagábamos desde siempre, respondiendo mentalmente a las interrogantes eternas que dibujaban las montañas de arena. Un día unas figuras humanas rompieron la monotonía de aquel jable sin final. Nos ataron a barcos y nos arrojaron a aquel azul que suponía un punto y aparte en nuestra arenosa biografía.

El viaje no resultó fácil. Los marrajos, las barracudas y demás peces espantosos nos mordían sin cesar. Pero llegamos a aquella tierra quemada perdida en el Atlántico y azotada por vientos y oleajes. La luz vino con nosotros. Era la misma que conocíamos, transparente, afilada y cegadora.

Y cambiamos la isla a vuestro antojo. Durante siglos movimos piedras y picones, asombrados es verdad por el tesón de las gentes que habitaban el lugar. No tardamos en vernos reconocidos, hermanados por la alocada perseverancia de la vida donde ésta parece no ser deseada. De hecho, la tierra abrió aquí su enorme boca de fuego para ahuyentar cualquier atisbo vital. Pero ni por esas…

Fueron aquellos buenos tiempos. A veces, sí, quebrábamos a algún lugareño, pero por lo general se aceptaba que nos necesitaban para mantener viva la vida. Así de simple.

Después nos distanciamos. La tierra dejó de gritar. O quizás lo haga en silencio. Todo se llenó de gentes. Ahora vienen y van a millones. A veces me pregunto si de tanto luchar por la vida no la habremos convertido en un exceso.

Son días extraños. Miro a los hombres y ya no les reconozco. Cuando ellos dicen que algo está jorobado yo lo que pienso por contra es que todo está demasiado humanizado. Y que así nos va.


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