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Orchilla, el fin del mundo

Orchilla, el fin del mundo
Fotografía de: Mario Trifuoggi

E
n lo que una vez fue el fin del mundo brilla una luz. El Faro de Orchilla (El Hierro, Canarias) se levanta al borde de dos mares. Uno es el Atlántico. El otro el océano de lava que dio lugar a la propia isla, el confín terrestre hasta el descubrimiento de América.

Tenía que ser el volcán el que extendiera su manto de lavas para servir de base a un faro mitológico. No podía ser de otra forma. Pasado este punto, principio y fin de las cosas, los marineros temían abismos sin fin, monstruos de pesadilla, tormentas eternas.

La obra

La construcción se hizo con piedra de la cantería de Arucas (Gran Canaria) y finalizó en 1927, aunque comenzó a operar años más tarde. Desde 1992 funciona con un sistema automático, pero al pie de la luminaria permanece la casa de estilo isabelino que acogió a los fareros que durante años y años sirvieron de ayuda en lo que una vez fue un paso tenebroso.

Y lo sigue siendo, porque allí se disfruta de unos atardeceres espectaculares, tanto que cada vez que el sol se oculta parece finalizar este cuento que es la vida.

Este mismo punto fue hasta 1884 la referencia para el paso del Meridiano Cero, hasta que una nueva medición trasladó la raya a Greenwich. Lo que nadie le ha podido arrebatar a la isla de El Hierro es el misterio, el fuego profundo que alimenta volcanes, la sabiduría antigua de sus gentes, el poder de parecer el origen y la memoria quemada del mundo cada vez que el sol vuelve a salir.


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