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Musaraña, una vida oculta

Musaraña, una vida oculta
Fotografía de: Efe

Una vida escondida puede ser, sin embargo, una vida cargada de retos gigantescos. Es el caso de la musaraña endémica de Canarias. 

Un artículo de Gregorio Cabrera 

*Publicado originalmente en Diario de Lanzarote

U
na serenada de salitre me ha despertado esta mañana. El aullido de la mar batiendo con blancos espumarrajos de rabia contra el acantilado cercano, como si reclamara viejas cuentas a la tierra firme, apenas sí me ha dejado descansar. Las batallas de los elementos me alteran. Resulto sumamente sensible a las tremulaciones del entorno. Algo lógico si tiene en cuenta que apenas peso unos cuantos gramos y mido ocho centímetros. El temporal ha servido al menos para que ella, la sombra mortal, no haya podido maniobrar buscando, un día más, borrar mi escueta vida del islote. Un alivio a medias. No hay calma posible cuando eres un polizón oculto en las bodegas del mundo.

La susodicha musaraña.

La susodicha musaraña canaria.

¿Se ha preguntado alguna vez cuánto vale una vida? ¿Si se podría tasar? ¿Calibrar acaso su valía en función, por ejemplo, de lo que marque la balanza? Mi existencia es minúscula e inaprensible para una báscula convencional. Soy, y lo asumo de buen grado, lo mínimo que se despacha por un mamífero. Pese a todo lo dicho, se me antoja que a ella le estorbo, que le robo un lugar en el mundo que por algún motivo quiere dejar libre. Por eso me busca con su oscura mirada, oteando con ojos que incendian la noche.

Casi todo es colosal en mi vida menos yo. Vivo en un trozo de tierra quemada, bajo una losa de lava antigua cuyo acceso he cubierto pacientemente con raíces de aulagas secas arrancadas por el viento y la erosión. Una tarde de septiembre, aprovechando que el aire permanecía extrañamente quieto y ensimismado, o quizás removiendo conciencias en otras latitudes, subí hasta lo alto del volcán para tener una visión más general de mi hábitat. Antes, claro, me aseguré de que ella no estuviera cerca y, por si acaso, realicé gran parte del trayecto bajo tierra, por una de las arterias viejas y abrasadas del terreno.

Lienzo terrestre

Comprendí entonces que mi vida limita por debajo con un azul intenso que lo rodea todo. Es un marco gigante para un pequeño lienzo de tierra sin tierra adentro posible. No veo demasiado bien, pero mi afinado oído percibe un rompiente vecino al frente. Debe ser el lugar hacia donde se dirige a veces ella, mi oscuro látigo. En ocasiones desparece unas horas. Otras, las menos, benditos días enteros. Pero siempre regresa. Porque yo, por algún extraño motivo, soy su gran obsesión. Ya ven, por lo menos he logrado ser grande en algo. Pero no se sonrían. No me gustan las paradojas. No me caben en el cuerpo. Sólo tengo espacio para sobrevivir.

Mi rutina es esconderme. Mi anatonomía es un diseño de la naturaleza para pasar desaparecibido y estar en el mundo sin que lo parezca y dando noticia de ello al menor número posible de entidades físicas, sean las que sean. Acostumbro a asomar el hocico de cuando en cuando y aguardar a que los alisios arrastren hasta mi cueva a existencias incluso menores que la mía con las que poder alimentarme. Hasta yo formo parte de una pirámide y no ocupo, no obstante, la parte más baja. Pero por encima de mí siempre aparece ella, quebrando la claridad del cielo y dibujando en él un mensaje de advertencia del que soy destinatario.

Soy puro terciopelo reptante. Pienso que quizás os gustara en el improbable caso de que llegarais a verme alguna vez. Pero soy uno de esos secretos del ecosistema. Deambulo bajo la piel de la tierra condenado al ostracismo, a ver sin ser visto, a escuchar sin ser escuchado, a esconderme sin tener ninguna culpa que expiar ni nada de lo que avergonzarme. No. Nadie mira a las musarañas. ¿Le sucede algo parecido a alguien más? Lo dudo, pero no me atrevo a rechazar de plano esta posibilidad. Lo que se me antoja más improbable es que nadie pueda vivir con un rayo atormentándole permanentemente con la certeza de caer sobre uno al menor descuido.

Deambulo bajo la piel de la tierra condenado al ostracismo, a ver sin ser visto, a escuchar sin ser escuchado, a esconderme sin tener ninguna culpa que expiar” 

Casi ocurrió una vez. Yo era más inexperto. Con el tiempo he aprendido a ser un ente casi invisible, a rozar la inexistencia, un mérito que me atribuyo, pues no es tarea fácil, incluso para un animal tan minimalista. Me muevo sobre el malpaís mimetizándome con su negrura, escondiéndome tras los tabobos. Pero, les decía, uno una vez en la que ella me sorprendió.

Me jugó una mala pasada mi torpe vista y un contraluz muy poco oportuno para mis intereses. Apareció de la mismísima nada. Es sigilosa la coruja, esa mala hija de la noche. Me salvó la suerte, que esa vez adoptó la forma de la quebrada de una laja que no pudo esquivar esta Némesis mía tan equivocada. Tuve el tiempo justo de corretear hasta la madriguera mientras ella alzaba el vuelo clavando su mirada en la mía a falta de poder hacer lo propio con sus garras. En el fondo siento que su insistencia le da algún raro sentido a mi encierro.


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