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La Corona y el viejo

La Corona y el viejo
Fotografía de: Gabriel Villena

El Volcán de La Corona, en Lanzarote (Canarias), preside el norte de la isla y ha sido testigo de miles de historias de piedra o de carne y hueso. 

Un artículo de Gregorio Cabrera

*Publicado originalmente en Diario de Lanzarote. 

E
s extraño. Ya el sol ha comenzado a calentar el aire quitándome de los ojos las brumas legañosas y él todavía no ha aparecido. No es normal. Percibo claramente el rumor de la inquietud en mi interior. Durante décadas me he acostumbrado a despertar y observar esos movimientos suyos tan particulares. Su ritual diario compone una sinfonía mezcla de parsimonia y tozudez. Este hombre es liviano y persistente. Es el tabobo y el alisio personificados.

Jamás le he visto con nadie. Se presenta puntual justo antes de que se disipen las últimas hebras de la noche, en ese extraño momento en el que la luz y la oscuridad forman una furtiva y fugaz pareja que casi nadie contempla. Es el escenario perfecto para seres como él, que parecen habitar permanentemente en un mundo que no pertenece a nadie, salvo a él mismo. Y a mí… Al menos hasta hoy. ¿Dónde andas? ¿Qué has hecho hoy de ti, mi buen amigo? Aunque quizás tú ni tan siquiera me presientas.

Él, les decía, ha venido a diario, con la azada al hombro, emergiendo en ese punto indefinido entre la noche y el día, solo, enjuto y tan cubierto de sombras como yo lo estoy de líquenes y lajares. Remontando la empinada cuesta de mi ladera de poniente alcanza su pequeña finca. Los muros de piedra son una bellísima y perfecta ruina. Suponen también una fotografía detenida del tiempo y la memoria. De joven solía recomponerlos cuando las aguas desbordadas de la cercana barranquera sembraban el caos. Pero ya hace tiempo que dejó de tener fuerzas para eso. Ya apenas sí es capaz de mantener en pie su propia soledad.

Proa oxidada

Deja el morral sobre el rofe, bajo la higuera y, antes de hacer cualquier otra cosa, mira hacia el mar, donde el Roque del Este parece la proa oxidada de un barco, hundido también en la desmemoria. Permanece así durante varios minutos, erguido, de un modo que hace que resulte imposible saber si reta al mundo o se despide de él. Acto seguido se vuelve sobre sí mismo y mira hacia las alturas. ¡Hacia mí¡ Su mirada pasa sobre mi cráter. Yo le saludo, le doy los buenos días y le deseo una buena faena. Él, ciertamente, jamás ha dado la impresión de escuchar nada de lo que digo.

Al finalizar su inventario oceánico y terrestre, el hombre se dirije a los restos de lo que algún día fue un cuarto de apero y al minuto reaparece con un desvencijado rastrillo entre las manos. Antaño mantenía a raya a las malas hierbas. Ahora sus pisadas se pierden sobre un manto de cerrajas y vinagreras que ganan terreno al picón que yo un día lancé por los aires, cuando nací del fuego en este punto del norte de Lanzarote. Me resulta curioso que los paisanos llamen malpaíses a los vestigios de aquel descomunal parto.

Mi taciturno compañero de amanecidas tampoco es hoy capaz de arar la tierra. Hace tiempo que falleció su burro, al que jamás bautizó, así que nunca pudo recibir el pobre animal otro nombre que el de “burro”. Tampoco gozaron de ese privilegio los dos anteriores. Hasta que al fin ya no hubo ningún burro al que llamar burro. Y esto es lo más parecido al paso del tiempo que yo he experimentado. Salvo hasta esta mañana en la que mi quijotesco personaje parece haberse perdido en algún lugar entre la la luz y las tinieblas.

Con el paso de los días, los meses y los años el hombre pasó a convertirse en una parte más del paisaje, revistiéndose como yo de musgo y tierra” 

Recuerdo con claridad la vez que el hombre plantó la higuera. Fue una mañana de invierno, aprovechando unas tímidas lluvias de finales de noviembre. Depositó el injerto con mano firme sobre un agujero que luego rellenó con una mezcla de tierra arcillosa y estiércol de cabra. Esta mañana, sin él cerca, la higuera se asemeja a un grito solitario y perdido. A veces he visto como el hombre se alimentaba de sus frutos. Casi siempre pasaba la jornada entera alimentándose con un par de higos, un fisco de queso duro y unos mordiscos ratoneros al bizcocho anisado.

Con el paso de los días, los meses y los años el hombre pasó a convertirse en una parte más del paisaje, revistiéndose como yo de musgo y tierra. Se transformó en una borrosa imagen polvorienta que un mal viento podía disolver en cualquier momento, dejando en el recuerdo el rostro esquivo y el carácter poco dado al trato con sus congéneres. A veces los extranjeros se paraban y le pedían hacerle una foto, porque debía parecerles una esencia insular, un destello de algo “auténtico” que exhibir a la vuelta. Jamás lo permitió. Sin mirarles siquiera les alejaba de sus dominios con un despectivo movimiento de la mano que no sostenía la azada.

Ya es casi mediodía. Sigo sin verle por aquí. Me temo que a partir de ahora reinará mayor soledad en lo alto del Volcán de la Corona.


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