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Jameito, llegado del abismo

Jameito, llegado del abismo
Fotografía de: Frank Vassen

La ceguera no les impide darse cuenta del presente. Ni tampoco del pasado. Son los jameitos o cangrejos ciegos, vecinos submarinos de Canarias. 

Un artículo de Gregorio Cabrera

*Publicado originalmente en Diario de Lanzarote.

V
enimos del abismo. Así está registrado en los libros de historia de nuestro pueblo. En ellos se relata que un grupo de antepasados ascendió desde el fondo abisal impulsado por un repentino flujo de aguas tibias. Ya éramos ciegos entonces, algo que con el tiempo he aprendido a ver (aprecien por favor la paradoja) como una mejora evolutiva de nuestra especie. Aquellos involuntarios viajeros decidieron quedarse en esta laguna superficial al final de un túnel. Nada había cambiado en esencia: escasa luz, apenas la que se filtra por una abertura en la gran cúpula volcánica, temperatura estable y algas microscópicas de las que alimentarse. En este lugar comenzó una nueva era para nosotros, los jameitos.

No encontrarán dos habitantes iguales en la charca. El silencio y la quietud hace de nosotros seres introvertidos. Es cierto que vivimos juntos en un espacio reducido, pero tendemos al ensimismamiento. Rumiamos constantemente pensamientos en solitario bajo el caparazón. Así que hay algo de monacal en nuestra crustácea existencia. Algunos permanecen durante toda su vida en la zona más profunda del lago salado, entregados a una especie de abisal añoranza. Otros, como yo mismo, preferimos habitar a escasa distancia del lugar donde comienza la tierra firme y adivinar de cuando en cuando una caricia de aire exterior.

Jameos del Agua, hábitat del jameito. Foto: Alberto Perdomo.

Jameos del Agua, hábitat del jameito. Foto: Alberto Perdomo.

Sin embargo, últimamente también yo he optado por retirarme a zonas más alejadas de lo desconocido. Y no soy el único. La proverbial calma de este lugar, aquella que decidió a nuestros antiguos a establecerse aquí, se ha disipado, no sé si para siempre. Todo empezó con un rumor de pasos y voces que nos llegaban deformadas por efecto del agua. Un acontecimiento inicialmente leve pero profundamente turbador, porque irrumpía en una tranquilidad milenaria.

Adiós a la pureza

Aquellas presencias extrañas se multiplicaron con el paso del tiempo hasta convertirse en millares cada día. Lo peor, no obstante, estaba por llegar. Un día sentí que algo obstruía mis branquias y que el poco oxígeno que penetraba en mi minúsculo organismo llegaba cargado de un pesado sabor, desconocido para nosotros. El agua, hasta entonces de una pureza extrema que habíamos llegado a creer eterna, se contaminó con partículas de óxido que corroían las entrañas y enrarecían nuestra líquida vida.

Tardamos demasiado en comprender qué sucedía. La ceguera no suponía precisamente una ventaja en este caso. Hasta que la suma de acontecimientos y la aplicación de los principios de la lógica nos dieron la respuesta sobre la causa del envenenamiento colectivo. Ocurría que el desfile de aquellos seres extraoceánicos coincidía con el lanzamiento a nuestro violentado hogar de gigantescas masas metálicas que multiplicaban el tamaño de cada uno de nosotros y que se convertían en focos permanentes de contaminación. Ellos las llaman ‘monedas’, según supimos luego. Y así quedó registrado en los últimos tomos de la enciclopedia.

Una polémica inundó la charca. ¿Tenían oportunidad aquellos organismos de conocer el daño que nos infligían? ¿Existía acaso alguna clase de maldad o quizás de estulticia en su acto de arrojar al agua los objetos que provocaban nuestra enfermedad? Abundaba la opinión de que ellos debían ser ciegos también. De hecho, jamás habíamos conocido a nada ni a nadie que causara el mal a sabiendas y más allá, claro, de la comprensible necesidad de comer para sobrevivir, aunque nosotros hace mucho que dejamos de formar parte de la cadena trófica, otra de las ventajas de este retiro cavernícola ahora mancillado.

Jamás habíamos conocido a nada ni a nadie que causara el mal a sabiendas y más allá, claro, de la comprensible necesidad de comer para sobrevivir”.

Yo, quizás expuesto en demasía a los aires foráneos, he desarrollado una suerte de lo que podríamos llamar ‘desconfianza ciega’. Creo que sí saben que estamos aquí y que mantienen pese a ello su absurdo ritual. Es verdad que esa lluvia ácida se ha moderado, pero se han añadido novedosos e inquietantes episodios. De las orillas llegan a veces sonidos musicales que se prolongan durante horas generando desconcierto en nuestras filas.

Nada comparable, eso sí, a lo que sufrió una vez un congénere ubicado a apenas veinte centímetros de mi puesto. Lo arrancaron de la roca y durante unos segundos permeneció en el mundo exterior, sintiendo la piel porosa, sudada y cálida de las presencias mientras tronaban sus risas idiotas. Regresó salvo, entero, pero no sano. Abandonó su piedra ribereña y se alojó en lo profundo del lago, junto a los que jamás frecuentan las zonas altas.

De último pienso más de lo habitual. He llegado a la conclusión de que a lo mejor es hora de escribir otra página de la historia. Me entran ganas de volver al abismo.


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