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El origen de Mararía

El origen de Mararía
Fotografía de: Cristine McIntosh

La montaña donde nació la novela Mararía y lo que allí vivió su autor, Rafael Arozarena: la Atalaya de Femés (Lanzarote, Canarias). 

Un artículo de Gregorio Cabrera

*Publicado originalmente en Diario de Lanzarote. 

Y
o fui la primera en llegar, el pionero montón de cenizas sobre el océano. En mi memoria de piedra ha quedado grabada la visión lejana de otra cordillera, Famara, surgida igualmente del fuego. Las dos dejamos atrás el abismo para comenzar esta odisea atlántica. Permanecimos a distancia durante millones de años, separadas por un brazo de mar que se iba estrechando, sepultado por lavas que, una vez más, le ganaban la partida a las aguas. Nuestro abrazo definitivo es lo que ustedes conocen por Lanzarote.

En verdad, la Atalaya resulta un nombre adecuado para mí. A esta altura, por encima de los seiscientos metros, los vientos alisios me ayudan a mantener frescos los recuerdos, que de lo contrario ya estarían velados por la calima del tiempo. Por eso hoy puedo darles fe de lo que he visto.

Hombres y mujeres han removido la arena de mis laderas desde hace milenios y me han utilizado como escenario para sus rituales. Los primeros lo fiaban todo al sol y a la luna, sus dioses. Les imploraban por la lluvia, pero sus ruegos apenas eran escuchados. Era la suya una existencia tan luminosa como árida y llena de temores.

Vientos y solajeros

Aquellos habitantes se encaramaban a mí o al cercano Pico Naos a diario. Durante la jornada entera, sin importarles vientos ni solajeros, se mantenían con ojo avizor, la mirada clavada en el azul, pendientes de visitas no deseadas. Algunos de ellos, dotados de cierto sentido simbólico, empleaban el tiempo en grabar rústicos dibujos con forma de barcos sobre mis piedras. Todavía los conservo. Son pedazos de historia descuidados, rodeados de moñigas de cabra.

Lo cierto es que el miedo azul de aquel pueblo demostró tener su razón de ser. Las naves salieron del basalto y las pesadillas y desembarcaron en la realidad. Lo vi todo. Llegaron por el Sur, donde el mar es calmo y las olas se encuentran con la tersa arena. De los barcos descendieron humanos distintos de los que yo conocía. Venían sedientos, pero no solo de agua sino de otros sentimientos hasta entonces desconocidos en la isla.

Construyeron pozos, un pequeño castillo, un esbozo de poblado y, al tiempo, escarbaron un llano cercano a mis laderas para levantar una estructura rematada con una cruz en la que oraban a unos dioses que no eran ni el sol ni la luna. Alrededor del nuevo templo fue tomando cuerpo el llamado pueblo de Femés.

Vistas desde la Atalaya de Femés. Foto: Cristine McIntosh.

Vistas desde la Atalaya de Femés. Foto: Cristine McIntosh.

Pensaron los conquistadores en su soberbia que Femés fue obra suya. Pero se equivocan. Y su error ha quedado escrito con palabras que transcribo porque no las puedo mejorar. Dicen que Femés es “un pueblo de Oriente que llegó a la isla con vendavales de África, con las arenas del Sahara, grano a grano”. Las escribió el ser que más honda impresión ha causado en mí, mucho mayor que todos los grabados sobre mi piel. Él conmovió mi alma pétrea como nada lo ha hecho jamás en veinte millones de años. Permitan que les hable de él, les doy mi palabra de que la historia resultará de su interés…

Ocurrió siete décadas atrás. Llegó al amanecer de un día ventoso. Venía acompañado de un grupo de hombres del pueblo que subieron con él para acomodarle, aunque esta expresión supone un exceso del lenguaje. Le dejaron aquí con una caja de higos porretos y dieciséis litros de vino. De ello debía alimentarse durante una semana, hasta la siguiente reposición. La comitiva se marchó. El hombre y yo nos quedamos solos. Noté que había algo en él que le permitía conectar con la naturaleza, con el aire, con el mar, con montañas viejas y olvidadas como yo misma. Era un cernícalo en el cuerpo de un hombre.

Pasaba las noches en la escueta garita construida al efecto, durmiendo sobre un montón de pajullos. De día abría una caja que se me antojaba mágica y utilizaba los extraños instrumentos de su interior para ensamblar cables y tubos verticales sin ningún significado para mí, aunque al parecer resultaban importantes para las vidas de las gentes modernas. En las etiquetas pude leer un término, Telefónica, aunque el nombre de mi huésped me fue revelado con la persona que le trajo más vino y más porretos. “Aquí le dejo esto, Rafael…”

 Una vez, borracho de vino y hambre, se imaginó que el islote de Lobos era una chuleta y hasta le lanzó un mordisco al aire” 

Como era fácilmente comprensible, el calor y la dieta no tardaron en provocar delirios en mi amigo Rafael, que colocaba antenas pero que también tomaba nota de todo. Una vez, borracho de vino y hambre, se imaginó que el islote de Lobos era una chuleta y hasta le lanzó un mordisco al aire.

A veces Rafael bajaba con los hombres. Un atardecer cualquiera se tropezó con una anciana cuya figura e historia le embriagaron tanto como el vino malo. Mucho después escribiría un libro, Mararía. El 30 de septiembre de 2009 percibí un temblor telúrico que no registraron los sensores. Rafael Arozarena había muerto. Desde entonces no hay día en que no mire a Lobos recordando la sed de vida del antenista.


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