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Cernícalo, el exilio del aire

Cernícalo, el exilio del aire
Fotografía de: José Armengod

Profundizamos en el alma y las costumbres del cernícalo, un habitante fundamental de los cielos de Canarias. 

Un artículo de Gregorio Cabrera

*Publicado originalmente en Diario de Lanzarote

L
a soledad azul de las alturas se ha apropiado de mi esencia. En tierra soy un simple exiliado del aire. Me molesta su terca firmeza, la presencia imperturbable de las rocas, la solidez del tiempo a ras de suelo. Me manejo mejor en el caos de los vientos que en las llanuras previsibles.

No me turba reconocer que hubo un tiempo en el que añoré otra vida, una existencia más tolerante con la gravedad. Decidí probar. Sí. Descendí y permanecí enteramente quieto durante un día terrestre completo con su terrestre e inamovible noche, posado sobre una ladera guarecida de los alisios del verano. Al amanecer desplegué las alas y regresé aquí tras haber comprendido que, al fin y al cabo, yo vivo del aire.

Todavía recuerdo el primer vuelo. Al principio tan sólo se extendía bajo mí el manto del océano, el mismo que atisbaba desde el enriscado nido, mi iniciática atalaya. Cuando giré, mi mirada, tan aguda que incluso todavía hoy me sorprende, tropezó con lo que me pareció un esqueleto de piedra y ceniza. Un animal herido de abrasados costados entregado a su suerte entre las olas: la isla.

Escucho y miro

Dos grandes columnas vertebrales, una al norte y otra al sur, cruzan su figura. El resto son bocas volcánicas que se abren al infinito, gritándonos algo a los que vivimos aquí arriba, en lo alto. Los demás apenas sí ven las faldas de sus vertientes. Su verdadero rostro sólo es visible para nosotros, los que habitamos entre vientos y transparencias. Cuando los temporales arrecian yo me escondo en estos viejos cráteres. Escucho y miro, pero aún no he logrado captar el sentido exacto de sus palabras. Debe ser que alturas y bajuras hablan lenguajes distintos.

A veces logro ver más allá de lo que en realidad me gustaría. Es al mismo tiempo un don y una condena. Es innegable que subsisto gracias a ello. El radar de mi vista barre los alrededores y deja a las víctimas indefensas. Yo no las siento como tales, pero tampoco soy amigo de andar con eufemismos. Las cosas son lo que son y la naturaleza no es precisamente un salón de té.

A muchos, lo sé, le gustaría llamarle ritual. Pero yo apenas atisbo algo de épica en la rutina de mi alimentación. Quizás sea por pura costumbre, pero así es como lo siento. Ni tan siquiera rechazo la idea de equivocarme. Trataré de hacerles entender qué es exactamente lo que sucede desde mi perspectiva, pues no deja de ser la opinión más cercana a los hechos que podemos encontrar en todo este asunto.

Me contemplé. Me sentí atravesado por la profundidad de esta mirada casi ajena. No pude soportarlo. Alcé el vuelo de forma apresurada y torpe, turbado, como si alguien me hubiera atacado”

Ocurre simplemente que me dejo elevar por las corrientes de aire ascendentes, controlando en la subida la ubicación que deseo mantener en lo alto con la colocación de mis alas. En un momento dado decido anclarme en el cielo. Supongo que esta debe ser la parte que más admira a los seres terrestres como ustedes. ¿Cómo lo hago? No sabría explicarlo. Es como si me cuerpo dialogara durante unos instantes con el viento hasta que ambos llegan a un acuerdo que les permite compartir ese lugar exacto del espacio y el tiempo.

Entonces entran en acción los dos penetrantes ojos que se incrustan en mi cabeza. Llegados a este punto admito que impresionan. Recuerdo la primera vez que tomé conciencia de este hecho. Ocurrió tras un día de lluvia, cuando realicé una incursión a una gavia de mis dominios para refrescarme con el agua de un charco transparente formado sobre una gran laja. Me contemplé. Me sentí atravesado por la profundidad de esta mirada casi ajena. No pude soportarlo. Alcé el vuelo de forma apresurada y torpe, turbado, como si alguien me hubiera atacado o, peor, como si una daga hubiera penetrado mis entrañas. Desde entonces sorbo el agua con los ojos cerrados.

Mi lugar  

Aquel estremecedor episodio sirvió al menos para que comprendiera el pavor que provoco entre mis presas, aunque tampoco las veo como tales. Yo ocupo un lugar en el ecosistema y ellas otro distinto y complementario. Yo ataco y ellas intentan huir de mí. Rara vez lo consiguen, eso es cierto.

La representación comienza cuando nos encontramos en escena todos los personajes. Una vez localizo al infortunado ratón o al desprevenido lagarto se desata un torbellino en mi interior. Me pliego, me convierto en un misil que cae a una velocidad inaudita en dirección al aburrido suelo. Siento un fuerte silbido en los oídos. Unos metros antes de tocar tierra freno con las alas y extiendo las garras. Alguna vez he atisbado un destello de sorpresa asomada a los ojos de algún roedor. Casi nunca les da tiempo a sentir ni tan siquiera temor, si acaso una milésima parte de segundo de conciencia del fin.


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