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"El isleño tiende al ensimismamiento"

  • 'El farallón' avisa de los efectos devastadores de la explotación salvaje del medio
  • "A San Borondón no se la busca, te encuentra ella a ti. Y existe", dice Martín
"El isleño tiende al ensimismamiento"
Fotografía de: DA

“El Farallón”, obra de Sabas Martín, una parábola ecológica, ya despunta entre las aguas de las letras de Canarias.

Portada del libro del escritor de Canaria Sabas Martín.

El escritor Sabas Martín crea mundos con las palabras desde que tiene 15 años. El último territorio emergido en su particular Atlántida lleva el titulo de “El Farallón”, integrado en la mítica serie Nacaria. El libro se suma a la treintena de criaturas literarias de diversos géneros que pueblan la obra del también Académico de Honor de la Academia Canaria de la lengua. El libro, según su propia presentación, es una “parábola ecológica que se desarrolla en Isla Nacaria. La erupción submarina de El Hierro, las prospecciones petroleras en aguas canarias y el incendio de Garajonay son los referentes reales, trascendidos desde el mito y el símbolo, de un relato donde se mezclan radicalmente lo narrativo y lo poético”.

En “Las cartas de los náufragos” indagó en la condición existencial canaria. ¿Qué supone nacer y vivir en unas islas como estas? ¿En qué nos convierte?

Empezaré diciendo que nacer en una isla es un hecho tan prodigioso como nacer en cualquier otro lugar del mundo. Lo que importa es llegar a la vida, sea donde sea, y hacer de la existencia algo que nos justifique como seres humanos. A partir de ahí, sí creo que la insularidad determina una cierta concepción del mundo; esto es: una manera singular de mirar alrededor desde la propia interioridad.

Martín, en una foto actual.

Martín, en una foto actual.

La geografía, para bien o para mal, condiciona la manera de sentir y de pensar. Somos –como he dicho en alguna ocasión- el paisaje que nos habita. Los isleños propendemos a un cierto ensimismamiento, a mirar hacia el interior para confrontarlo con lo que el mar separa o aísla. Es, como se ha dicho, la metafísica insular. En nuestro caso concreto, esa metafísica o extrañamiento existencial, esa visión del mundo desde el paisaje que puebla la mirada, tiene además otros elementos añadidos. Hablo de ser punto de encrucijada de caminos, de la apertura al conocimiento que viene del exterior, del mestizaje de culturas, del diálogo con “el otro”, y de un habla específica en la que poder reconocernos y asumir la diferencia. Eso no nos convierte en individuos excepcionales. Simplemente vivimos –o sobrevivimos- en el mundo desde ese aquí que es la isla.

¿Qué similitudes hay entre el territorio mítico de Nacaria y el real? ¿Qué objeto tiene crear un territorio mítico?

Similitudes, todas. Porque Nacaria es la cifra y el resumen de toda Canarias. Es la propuesta de concentrar en un único espacio físico literario todas y cada una de las peculiaridades del Archipiélago: su historia y su presente, su geografía, su lenguaje, sus leyendas, sus tragedias y sus logros, su manera de afrontar la existencia… La creación de territorios míticos no es nueva en literatura.

Junto a la tumba de Baudelaire en París.

Con Baudelaire en París.

A mí me permite –o eso pretendo- trascender, a través del mito y el símbolo, lo que es la crónica de la realidad inmediata para crear una “realidad otra” que ensanche los límites de lo real, en un tiempo impreciso pero cierto, con validez más allá de la mera constatación periodística concreta. Nacaria es una visión “esencial” de Canarias, alejada de lo anecdótico, de las estampas costumbristas o folklóricas. Una visión que quiere ser válida en cualquier tiempo y lugar. Además me posibilita mezclar y fusionar lo telúrico y lo poético en la escritura, con un lenguaje que se distinga de la mera descripción “informativa” de los acontecimientos. Como en toda mi obra, Nacaria tiene tres ejes fundamentales: lenguaje, identidad y memoria. Con ello intento comprender lo que somos y cómo somos para, así, intentar comprenderme mejor a mí mismo como individuo y como parte de una comunidad.

¿Qué aporta su última obra, “El farallón”, a la construcción de este territorio mítico?

Aporta una indagación en las relaciones existentes entre la naturaleza y los isleños, entre progreso y tradición, entre presente y futuro. Por eso su protagonista es un náufrago que se debate en una hoguera de incertidumbre. El náufrago es espejo de Nacaria que, a su vez, es el espejo de las islas. Y por eso el final de la novela es abierto, no concluyente. Al igual que es incierto el destino que nos aguarda. Permanecemos en la espera a la espera. Por otra parte, desde lo estrictamente literario, supone una radicalización en la fusión de lo narrativo y lo poético. En la novela se da voz a la naturaleza a través de poemas desbordados, barroquizantes, que contrastan con el estilo despojado de retórica, directo, inmediato, con que se narran las peripecias del protagonista. Para Nacaria, “El farallón” supone unos puntos suspensivos, un interrogante abierto que mira hacia lo porvenir, avisando, eso sí, de las consecuencias devastadoras que conlleva la explotación arbitraria, salvaje, espuria del medio natural.

Cortázar y Sabas Martín.

Cortázar y Sabas Martín.

En “Pa(i)saje” fue pionero en la inclusión de palabras guanches. ¿Cuál era su intención literaria y también la no literaria, si la había?

El título juega con un doble sentido. Se refiere al “paisaje” insular y, al tiempo, es un “pasaje” hacia nuestra propia condición. La inclusión de vocablos guanches responde a la voluntad de utilizar literariamente por primera vez, con rigor expresivo y voluntad estética, un material lingüístico que nos pertenece, que forma parte de nuestra cultura. Y, de nuevo, aquí están presentes esos tres ejes fundamentales que vertebran toda mi obra: lenguaje, identidad y memoria. El lenguaje utilizado –recuperado, rescatado del olvido- nos remite a la memoria de nuestro pasado aborigen –despojado de victimismos y de clichés  de “buen salvaje” que, junto al paisaje de mar, lava y bosque, configuran nuestra identidad o, al menos, parte de ella. El poemario es una propuesta para conocernos mejor, para saber de dónde venimos, de qué estuvimos hechos en el origen. Es poder reconocernos en un momento concreto de nuestra historia como colectividad.

Sabas y Augusto Monterroso.

Sabas y Augusto Monterroso.

Una última pregunta… Si fuera un día en barco y descubriera que San Borondón existe, ¿qué haría?

Es que San Borondón existe. Yo la he visto y no una, sino dos veces. Lo he contado por escrito. La primera vez que la vi fue desde Valle Gran Rey, en La Gomera. Al preguntarle a un anciano del lugar dijo que era “brisa lastosa”, una especie de bruma que confundía los sentidos. Pero lo cierto es que allí, en el mar, había una isla que poco a poco se fue difuminando en el horizonte. La segunda vez fue en El Hierro, viajando hacia Punta Orchilla. Donde solo debía haber agua, se distinguía nítidamente una isla, con sus tonos terrosos mezclados con verdes vegetales, con una vallonada central. Y como ocurre en los cuentos de misterio, al intentar fotografiarla se había agotado el carrete de la cámara (aún no eran los tiempos de la fotografía digital)… Lo cierto es que si la volviese a ver y pudiera, iría hacia ella. Sin ningún tipo de duda. Solo que, como se advierte en un manuscrito medieval, a San Borondón no se la busca, es ella la que te encuentra a ti. Y, a fin de cuentas, pensándolo bien, los canarios vivimos en un constante San Borondón intangible, pero cierto. Es nuestro mito por excelencia, la utopía que concita nuestros sueños, nuestras esperanzas y nuestras ilusiones.


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