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‘¿Dónde va esta guagua?’, por Ramón Betancor

‘¿Dónde va esta guagua?’, por Ramón Betancor
Fotografía de: Rupert Ganzer

Este lúcido e inquietante relato de Ramón Betancor nos sumerge en una realidad plagada de curvas peligrosas y locos al volante.

Ramón Betancor.

Un texto de Ramón Betancor, periodista y escritor. Autor de Caídos del suelo.

L
a sensación es la de haber subido a la guagua equivocada. La sensación, en realidad, es la de haber sido empujado y obligado a subir a la guagua equivocada. La de haber querido avanzar por una autopista sin peajes y, en cambio, encontrarme deambulando por pendientes llenas de curvas. En los márgenes de esa carretera, sólo barrancos y abismo. El conductor, al que yo no he elegido, se empeña en rozar esos márgenes con las ruedas de la derecha de lo que considera su vehículo. Un transporte que creía público y que, sin embargo, a medida que acumula kilómetros, percibo menos mío. Más suyo. Más privado. Exclusivo de quien lo conduce. Pésimo, caro y amargo. Desolador. Triste. Nauseabundo.

¿Pero quién ha elegido a ese chófer imprudente y desconsiderado? ¿Quién en su sano juicio decidió que la peor opción era la mejor opción? ¿Quién se queja ahora de tanto despropósito y tanta irresponsabilidad? De tanta arrogancia vertida en un día a día que se nos escapa de las manos. “¿No es lo que querías? Pues ahora, te jodes”. Escuché decir esta mañana en una conversación cualquiera de una cafetería cualquiera. Ése es el sentir de la mayoría, dicen. ¿Pero de qué mayoría? ¿De la misma que nos ha condenado a una dictadura parlamentaria? ¿Ésa que nos ha forzado a agachar la cabeza ante un absolutismo autoritario que se ríe de nosotros con la sonrisa ladina de las hienas.

Más estrecha y sinuosa

Hasta que lo prohíban, que lo harán, el derecho a la pataleta se está convirtiendo en uno de los últimos derechos que nos quedan, pero, ¿sirve de algo? ¿Va a cambiar algo el hecho de que nos quejemos de más o de menos ante un café o una caña de cerveza? Yo creo que no. Mientras, el conductor de la guagua acelera sin mirar por el retrovisor. Sin pensar en el presente demoledor ni en el futuro incierto y peligroso al que está abocando a los pasajeros. Desde los asientos de atrás, apreciamos cómo la carretera se vuelve cada vez más estrecha y oscura. Sinuosa. Quebrada. Desigual. El asfalto cada vez más desgastado. Las ruedas de la derecha rozando cada vez más el borde y el abismo.

La guagua ya ha comenzado a circular por un túnel sin iluminación ni salida a la vista. En penumbras. Los faros apagados. Los viajeros tienen hambre y sed, pero no saben cuándo podrán descender del vehículo. De hecho, muchos han comenzado a pensar que no podrán apearse nunca. Algunos, aunque lo consiguieran, no podrían permitirse ni un café con leche. En cambio, desde atrás, se escucha el tintineo de las monedas que el chófer ha recaudado. Un dinero que ya no es nuestro, pero que se reparte escrupulosamente sellado en sobres que nunca van a ninguna parte, entre personas y personajes que nunca somos nosotros.

Las botellas se han fragmentado en minúsculas astillas de vidrio que se han incrustado en los rostros impotentes de quienes intentaban salir del vehículo”

Alguien se ha levantado y ha empezado a golpear los cristales de la guagua con un paraguas. A esa persona se han sumado unos cuantos viajeros indignados. Golpean con sus puños, con botellas vacías, con las suelas de sus zapatos… El paraguas se ha roto. Los puños, ahora ensangrentados, escuecen más que antes. Las botellas se han fragmentado en minúsculas astillas de vidrio que se han incrustado en los rostros impotentes de quienes intentaban salir del vehículo o, quizá, tan sólo frenar o cambiar su rumbo. Los zapatos han perdido las suelas… El resto, mira impasible la escena y continúa acomodado en su asiento. Otros ni siquiera alzan la mirada. Bostezan con los ojos clavados en alguna revista atestada de fotos robadas a famosos aparentemente felices. Complacidos (y ésa será la única subversión posible en sus vidas) de constatar cómo las princesas del siglo XXI roban presuntamente por amor. Los demás, los que quedan, sólo sonríen con indiferencia, mientras leen absortos la pantalla de sus teléfonos móviles.

La guagua continúa su camino.

El camino se acaba.

El asfalto se borrará en cualquier curva.

El conductor aún no es consciente de ello.

Los pasajeros, tampoco.

Las ruedas de la derecha siguen rozando peligrosamente el borde de la carretera.

Debajo, barrancos y abismo.

¿Existe alguna forma de frenar este sinsentido?


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