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Tokyo, con perdón

  • Un día en la capital nipona, el incesante río humano donde todo es posible
Tokyo, con perdón
Fotografía de: G. C. R.
La estación de Omotesando hierve de gentes un día más. El espíritu japonés está a punto de personarse ante ti de un modo inesperado.
Y
a no se ve a los míticos trabajadores que se encargaban de empotrar a los ciudadanos en los vagones del metro, pero incluso así es todo un reto hacerse con un espacio. Un simple descuido le sirve al visitante para vivir en primera persona alguna de las peculiares características del nipón.

Has pisado a un caballero de pulcro traje y corbata que regresa de la oficina. Antes de que tengas tiempo a reaccionar y disculparte, es él el que se desvive en reverencias y ademanes de perdón, como si la culpa hubiera sido suya por poner el pie donde no debía. Ahora te toca a ti, así que no está de más dejar atrás la estación en la que tenías previsto bajarte para corresponder de alguna manera. Aquello es un subterráneo duelo de perdones. Bienvenido a Tokyo.

Niños en una playa de Tokyo.

Niños en una playa de Tokyo.

Tras unas estaciones más de las previstas y un afectivo y reverencial dolor de riñones llegas al fin a tu destino, el mercado de pescado, Tsukiji. Aquí aguarda otra demostración de otro rasgo excesivo de Japón, en este caso por el extremo contrario. Cuando te sumerges en alguna de las gigantescas naves se tiene la impresión de que alguien le ha dado la vuelta al océano y que se han caído al suelo todas sus pertenencias.

Crustáceos

Junto a unos extraños crustáceos que parecen dibujados para una película de Miyazaki (El viaje de Chihiro) se apilan unas ostras de un tamaño tal que cabría cómodamente un niño de dos años. Los atunes se despiezan concienzudamente y los enviados de los restaurantes seleccionan las mejores piezas (cuentan que alguna vez se han vendido piezas enteras a 80.000 euros). En los alrededores bullen los bares con el sushi más fresco de la ciudad.

Vagoneas hasta Shinjuku, donde cada vez que se pone en verde el semáforo para los peatones comienza una migración humana en masa hacia la otra acera. Pasas ante una hilera de puestos de comida callejeros y puedes elegir entre una extensa variedad de pinchos de verdura, carne o pescado. Es una buena opción para coger fuerzas para la noche en Shinjuku.

El día se apaga, pero mil millones de luces iluminan cada rincón de la ciudad. El bullicio se traslada a las alturas, a los karaokes y los bares de copas que se esconden en los rascacielos. Hay que saber llegar a ellos, de lo contrario solo pasearás tu aburrimiento a ras de suelo. Muchos de ellos no tienen prácticamente zonas comunes, sino que se distribuyen en habitáculos para grupos de amigos, parejas o familias que prefieren divertirse en la intimidad en esta selva urbana. Es el momento en el que las hormigas se convierten en cigarras mientras lanzan dardos en el reservado. Suena el timbre. Es el camarero con las bebidas.


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