La niña de Shakespeare en el Mekong
s como un ratoncillo moviéndose entre las mesas del bar. Debe tener seis años, siete a lo sumo. Vende libros desplegados en una cesta que cuelga de sus hombros. “¿Books?”, pregunta. Hay un poco de todo. Del montón asoma una edición de bolsillo de Moby Dick y otra de Romeo y Julieta, textos que jamás conocerá porque probablemente nunca sabrá leer. La explotación infantil ha transportado a Melville y a Shakespeare hasta las turbias aguas del delta que forman los ríos Mekong y Sap al abrazarse en la capital de Camboya, Phnom Penh.
Un camarero expulsa con brusquedad a la niña, que sin

