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Los más ‘peligrosos’ de Canarias

Los más ‘peligrosos’ de Canarias
Fotografía de: G. C.

¿Quién es la famillia más ‘peligrosa’ de Canarias? Uno de sus integrantes nos invita a un café. De paso, descubrimos los orígenes conejeros y majoreros de La Isleta (Las Palmas de Gran Canaria). 

Un artículo de Gregorio Cabrera (Publicado originalmente para Diario de Lanzarote). 

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o quieres con azúcar o con polvos talco?”. Manolo ‘El Peligroso’ prepara café en el hornillo que se hace hueco en su guarida al borde del mar. En los días claros, desde el risco se divisa al Teide con sus nieves. Al frente, los volcanes de La Isleta, el barrio de Las Palmas de Gran Canaria que creció según iban llegando familias pobres de Lanzarote, Fuerteventura o Teror. Así, de cerca, trajinando con la cafetera en la intimidad de su cuartucho marinero, no parece que el hombre entrañe peligro alguno. Además, el polvo de talco resulta ser su manera de referirse a la leche en polvo Completa. No hay nada de lo que preocuparse.

Dolores Navarro y Chano 'El Peligroso'.

Dolores Navarro y Chano ‘El Peligroso’.

En una esquina, en el reducido espacio que dejan libre las radios antiguas, los prismáticos, las cañas y los amarilleados calendarios cuelga una vieja foto que va a explicar el inquietante apodo de nuestro anfitrión. “Son mis abuelos”, nos dice. La mujer lanza una mirada soñadora que traspasa el tiempo y llega hasta el presente llenando la chabola de misterios y preguntas. Manolo sabe que la mujer era natural de Lanzarote y que formó parte por lo tanto de aquellos grupos de inmigrantes de isla a isla.

No recuerda de qué pueblo o municipio procedía. Dolores Navarro tomó por esposo a Chano. “Como era rojo le perseguían los azules”, resume Manolo. En efecto, en la memoria de La Isleta resuena el eco de sus pasos sobre los techos de las chabolas mientras corría, huyendo de los fascistas. “¡Ahí va El Peligroso!”, gritaban a su alrededor. “Al final lo trincaron y estuvo en El Lazareto con el alcalde, pero escaparon los dos”, rememora.

Homenaje a majoreros, conejeros y terorenses en La Isleta.

Homenaje a majoreros, conejeros y terorenses en La Isleta.

El amigo Juan escucha los cuentos de Manolo, que se arranca con otro, el de la vez que estuvo en Lanzarote trabajando para la empresa Cobra, de electricista, montando estaciones y subestaciones. “Pues resulta que una vez me tropecé con Gorbachov…” Ya tiene al público en el bolsillo. “Nunca me has contado eso, ‘cacho’ penco”, le recrimina Juan. “Sí, sí… Yo estaba en Lanzarote con el ingeniero, en Costa Teguise. Y yo le decía que al turismo lo llevaban como al ganado. Nos fuimos a pescar al paseo. Yo iba andando con el bote de pintura para el pescado y la caña. De frente de repente venía Gorbachov, con unos tíos muy grandes. Y hasta miró en el bote. ‘¿Tú sabes quién era?’, me preguntó el ingeniero. ‘Pues yo que sé, otro más del bote’, le dije yo. Y resulta que era el Gorbachov”.

El hotel más pequeño del universo

El viento y un fuerte mar se abalanzan sobre la costa, así que se agradece estar en el soco del ‘Peligroso’. El aire hace girar con fuerza el Juguete del Viento de César Manrique situado a apenas doscientos metros del lugar, otro guiño lanzaroteño en los límites del barrio capitalino. Entonces, cuando ya ha se ha disipado del todo el fantasmal humear del café caliente, es Juan el que se anima a contar. “Mi padre, Maestro Juan, construyó el hotel más pequeño del mundo, en El Hierro, en Punta Grande. Una vez fue allí César Manrique, que era asesor de la obra, y empezó: ‘¡Pero qué pastelería es ésta!’. Y mi padre: ‘Oiga, un poco de respeto, que yo esto lo he hecho por encargo’. Que también tenía carácter mi padre”, precisa.

La Isleta a principios del siglo XX (Fondo Fedac).

La Isleta a principios del siglo XX (Fondo Fedac).

Fuera, ya en la calle, un azulejo a modo de placa rinde homenaje a Chano ‘El Peligroso’. Alejarse del litoral y adentrarse en las calles de La Isleta es siempre una inmersión en la marcada personalidad de la zona, porque La Isleta era en cierto modo una ciudad al margen de la ciudad. En el paisaje urbano hay baldes que oscilan en el aire, utilizados por las señoras para comprar la fruta de los furgones que vienen de los campos sin bajar a la calle, voces de hombres que venden chocos y longorones a la puerta del Hiperdino, la sonrisa perenne del muchacho de la calle que pide dinero y que asegura que su nombre es Oliver Twist aunque la gente se empeñe en llamarle Enriquito o la tienda de bebés de la esquina con una camisa que presume de la fama ruda de los hombres del lugar: ‘Cuidado, mi abuelo es de La Isleta’.

Alejarse del litoral y adentrarse en las calles de La Isleta es siempre una inmersión en la marcada personalidad de la zona, porque La Isleta era en cierto modo una ciudad al margen de la ciudad” 

El arrabal que fue tiempo atrás La Isleta reunió a buscadores de sueños de las islas orientales y del interior de Gran Canaria atraídos por el trabajo que proporcionó a partir de 1883 la obra de Puerto del Refugio de La Luz. El periódico Omnibus refiere en 1855 la existencia de “media docena de míseras chozas”. El desarrollo portuario provocó que en apenas dos décadas la zona pasara de un centenar de habitantes a más de 11.000 y a 20.000 en 1917, según los datos aportados por el investigador Fernando Martín Galán.

En el caso concreto de los emigrados desde Lanzarote, su vida siguió de algún modo desarrollándose al pie de los volcanes, pues La Isleta es también un paisaje de fuego. Y también de agua. Es como si el destino les tuviera reservada a estas personas la seguridad de que siempre viviría bajo la sombra de un volcán, estuviera donde estuvieran, habitantes perpetuos de alguna tierra salina y abrasada.

Frente al temporal

En la Plaza del Pueblo, en el corazón del barrio, escondido, corujo como un conejero o majorero cualquiera, se levanta un monolito que recuerda a los pioneros de La Isleta, aquellas gentes de Lanzarote, Fuerteventura y las montañas de Gran Canaria. Eran personas como Dolores. Ella encontró a Chano. El retrato en la chabola de Chano ‘El Peligroso’ acompaña el ir y venir de Manolo, que anda condenado con los destrozos de los temporales del invierno. Los malos tiempos han horadado parte de la caleta y han provocado algún desperfecto en el chamizo, pero la memoria permanece intacta, ajena a borrascas y mares de fondo.


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