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La persistencia de las piedras

La persistencia de las piedras
Fotografía de: Adriel Perdomo

Los paisajes de Canarias están habitados por ruinas. El autor Juan Darias nos adentra en este magnético mundo. Cuidado con la cabeza al pasar… 

 

Un texto de Juan Darias (sombrasenelaire)

L
as ruinas tienen algo que atrae. Quizá es la belleza serena de las piedras, quizá solo una pervivencia de la estética romántica y su desesperanza ante la caducidad humana. No sé. Lo cierto es que ese algo inefable es como una puerta abierta que te invita a entrar, a invadir la intimidad de las historias que duermen entre esos muros derruidos.

Las casas abandonadas huelen a tierra, a madera vieja y a hierba. Los techos suelen caer pronto, puede que una década o dos después de no tener a quién cobijar. Los techos son débiles, parece que necesitaran sentir debajo el calor humano. Los muros, por su parte, se resisten a caer, orgullosos. Aguantan los embates del viento y la lluvia durante muchos años, hasta que el paso del tiempo comienza a hacer mella. Las piedras comienzan a desplomarse, a veces de una en una, a veces muchas de golpe. Y poco a poco, el agua y el aire se cuelan por las heridas de lo que en otro tiempo fue una construcción recia y ahora no es más que ruina.

Quizá entre esos muros, junto a los tabobos y perenquenes, se esconden muchas vidas y algunas muertes, abandonos y reencuentros, amores y desamores, lealtades y traiciones” 

La puerta a veces no está, y es fácil entrar por el vano. Otras, se encuentra a medio abrir, como si alguien hubiera olvidado cerrarla al dejar la casa, o puede que después de curiosear. En el suelo, recuperado ya por la maleza, se aprecian cristales rotos, unas botellas y latas desteñidas por el sol y algunos restos de papel higiénico que anuncian que no somos ni los primeros ni los últimos curiosos. En ocasiones, entre los restos de la techumbre y las piedras caídas, se puede encontrar algún objeto, puede que olvidado por sus antiguos moradores. Cosas materiales, al alcance de las manos y los ojos, pero cabe preguntarse qué historia habita entre esas paredes; cuántos gemidos, suspiros y llantos; cuántas promesas cumplidas; cuántos sueños rotos por el paso del tiempo.

Quizá entre esos muros, junto a los tabobos y perenquenes, se esconden muchas vidas y algunas muertes, abandonos y reencuentros, amores y desamores, lealtades y traiciones. En cada una de esas casas puede que habite una novela esperando que alguien la escriba, o puede que un oscuro secreto que perecerá sepultado cuando el tiempo acabe por vencer la persistencia de las piedras.

 


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