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Canarias: ahora toca el campo

Canarias: ahora toca el campo
Fotografía de: Adriel Perdomo

Vente al campo con nosotros, descubre a hombres anclados en el tiempo y a seres sin nombre. Siente el rofe bajo tus pies en Lanzarote (Canarias). 

*Un artículo de Gregorio Cabrera publicado en Diario de Lanzarote con fotos de Felipe de La Cruz

E
n el verde invierno de Lanzarote también hubo flores fuera de sitio. “Mira esa finquita, una finca buena, buena que es, eh, no creas. Pues se murió el hombre y, escucha, nada más que mala hierba queda”, resume Maximiano Armas Villalba, de la Villa, sentado en el muro de piedra que él mismo levantó. Señala mientras al arenado, ocupado por barrillas, lengua vacas, polillos machos, tréboles de olor, coscos, morgallanas y hasta tabaibas dulces, insuficientes no obstante para disimular la amargura que destilan sus palabras.

Maximiano es un islote del ayer. Habla como cada vez lo hace menos gente en la isla. Se percibe claramente el rumor quejoso de quien no entiende muy bien cómo ha cambiado Lanzarote a su alrededor. “Me vine prontito esta mañana y había una cantidad de gente corriendo que daba miedo. Hasta mujeres nuevas y todo. Un día le di una calabaza a una. Pues me dijo que estaban bonitas las calabazas, pues qué iba a hacer…”

Este quijote de la Vega de San José no entiende otra cosa que no sea trabajar la tierra y enterrarse en ella como una semilla, germinar con las primeras lluvias invernales y exponerse al solajero o a los vientos. Así ha sido su vida y este ha sido su código. “El que no le ha costado nada y no ha sido la camisa sudada lo vende todo y lo parrandea”, sentencia. “Yo estoy aquí mejor que en mi casa. Ya no puedo caminar, pero por lo menos voy meneando por aquí”, dice. En esas está, en limpiar la tierra en torno a las raíces de una antiquísimas parras de “uvas negras gruesas medio malas”.

Esteban Armas en Lanzarote. Foto: De la Cruz.

Esteban Armas en Lanzarote. Foto: De la Cruz.

Quedan pocos como don Maximiano y él entiende que hace falta su madera para sacarle provecho al campo de Lanzarote: “Esta gente del instituto no va a venir al campo. Se ha abandonado todo y más abandonado que va a estar. Al tiempo”. Qué eco encontrará el veredicto de Maximiano en otros surcos y veredas?

A veces, como lo hacen las siemprevivas, brota algo de optimismo, aunque plagado de matices y claroscuros. “La cosa no está del todo mal. El producto de Lanzarote es bueno”, comenta azada en mano Mario Morales, en los bajos de Nazaret. “El problema es que muchas veces queremos vender lo que no está para vender y eso nos repercute a todos. Se sabe que el agua no es buena para riego, pero nada. A la hora de comprar las papas, por ejemplo, no se nota. De hecho, por fuera hasta lucen más bonitas y el ama de casa ve por los ojos. Pero a la hora de sancochar échale paja a la burra”.

Los intermediarios brotan naturalmente en la conversación como uno de los principales problemas del campo insular. En el imaginario de parte del campesino insular existe una suerte de ente maléfico al que culpa de buena parte de sus cuitas. Este ser casi legendario puede ser en realidad un señor que se aparece en las fincas a bordo de un cochazo para negociar a la baja o presionarles para recoger el fruto o el grano antes de tiempo. “Se ha cogido mucho producto verde para ganarle precio, y eso no es bueno”, agrega Mario. “Hay mucho usurero en lugar de verdaderos empresarios”, insiste José Ángel Martín a poco más de un kilómetro, mientras él y su familia hacen crujir sus zapatos sobre el rofe para meter a camino unas zanahorias y unas arvejas “por puro vicio”, porque según su opinión “nadie puede vivir del campo”. En este lugar llueve sobre mojado.

Maximiano Armas en Lanzarote (Canarias). Foto: De la Cruz.

Maximiano Armas en Lanzarote (Canarias). Foto: De la Cruz.

Lanzarote es una tierra generosa, pero delicada y difícil de contentar, según José Ángel. “Cuando llueve mucho hay que echar mucho guano porque se enchumba demasiado. Yo de tanta agua tengo esas judías de ahí amarillas”, se lamenta. Cuando no cae del cielo, el agua se convierte igualmente en un asunto turbio. “La de Tías está más refinada, pero al resto hay gente que me dice que le pone filtros y con todo y con eso sigue el agua saliendo mala”, ilustra. Él, entre unas cosas y otras, también es de los que afirma que “nadie puede vivir del campo”. “A mí porque me obligaron, pero a los chicos míos los meto aquí ahora y me dejan caer el rastrillo en la cabeza”, había bromeado Mario minutos antes.

“Los barrancos vienen al terreno mío”, presume un experimentado agricultor en el corazón arcilloso de la Vega de San José. Asegura que se enfrente a un problema de difícil entendimiento “para personas normales”. “Resulta”, cuenta, “que yo tengo un embalse de cinco mil metros cúbicos y no se aprovecha para nada. Le he hecho una propuesta de cesión al Ayuntamiento para que lo reparen, porque se pierde toda el agua de lluvia, y yo no creo que Lanzarote esté para eso. Curiosamente, me han dado permiso para rellenarlo, porque yo así, sin agua, a lo mejor lo cierro”.

“Ahora toca la tierra, porque obra hay poca. Hay que vivir. Vayan tranquilos”, nos dice justo antes de que él y el burro sin nombre se viren de nuevo

“Lo que pasa aquí”, continúa, “es que hay mucho papeleo y faltan ayudas para el campo. Tampoco hay una vía clara para la comercialización”. En este punto, surge la cuestión del asociacionismo, como han hecho los cultivadores de la papa de Montana Los Valles. “Uhhh, la gente de Lanzarote es muy individualista”, había saltado Mario Morales. José Ángel Martín, por su lado, también lo ve complicado: “La gente de Los Valles tiene la ventaja de que tienen ya un producto con fama que venden a un euro y pico y ahí van escapando”.

El burro no tiene nombre, “como es medio blanco, pues blanco se le podría decir. Si fuera medio negro, pues le podrías llamar negro”. Rebota de muro en muro, con los roques del macizo de Famara emergiendo al fondo, hendiendo la tierra guiado por Esteban Armas Villalba. Sí, es hermano de Maximiano. “Ahora toca la tierra, porque obra hay poca. Hay que vivir. Vayan tranquilos”, nos dice justo antes de que él y el burro sin nombre se viren de nuevo, rumbo al otro extremo de la finca, una finquita buena, eh…


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