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Leo, luego existo

  • El escritor tinerfeño reflexiona sobre la condición de lector y sus implicaciones vitales.

 

Un texto de SABAS MARTÍN

El escritor tinerfeño (Canarias) Sabas Martín.ESCRITOR Y ACADÉMICO DE HONOR DE LA ACADEMIA CANARIA DE LA LENGUA

 

L
o he dicho más de una vez parafraseando el título de las memorias de Neruda. Lo repito de nuevo: confieso que he leído. A veces por obligación, otras por devoción, pero siempre por necesidad. Pero afirmar ahora que confieso que he leído, es una frase que encierra una doble significación.

Por un lado, quiere ser una declaración pública de una existencia que es lo que es, y como es, en buena medida porque siempre mi vida ha estado, y sigue estándolo, rodeada de libros. En ellos y con ellos he aprendido, me he informado, me he educado y me han aportado los instrumentos necesarios para ayudarme a comprender e interpretar el mundo, para intentar conocerme mejor y, en ese conocimiento, sentirme próximo a mis semejantes, a los inmediatos y a los remotos. En los libros, con ellos y de ellos, han surgido los valores fundamentales que me justifican como ser humano para que mi tránsito sobre la tierra no sea un vivir entre paréntesis, un trayecto estéril, sin razón ni propósito. Por eso confieso que he leído, como la manifestación de una pasión necesaria, inherente a una forma de ser y estar en el mundo y de asumir la existencia. Y confieso que he leído, también, como proclamación de gratitud, como sincero y emocionado agradecimiento por lo que de los libros he recibido.

En los libros han surgido los valores fundamentales que me justifican como ser humano para que mi tránsito sobre la tierra no sea un vivir entre paréntesis”.

Pero confieso que he leído, asimismo, en el sentido de manifestación de disidencia, de reconocimiento del ejercicio de una actividad fuera de la norma y la práctica habituales. Casi como quien revela su culpa por un delito inconfesable. Como dijo el crítico Harold Bloom, el lector, por el mero hecho de serlo, ya es una persona singular. Porque, corriendo los tiempos que corren, el lector aparece muchas veces como un ser anómalo, extraño, ajeno, un ser raro y excéntrico, un disidente, en suma. En esta época de preponderancia de las tecnologías de información y comunicación; de apogeo de lo audiovisual y multimedia; con cine, televisión, consolas, plays, vídeos, dvds, internet, ipod, iphone, móviles y demás artilugios técnicos sofisticados; cuando los índices de lectura son alarmantemente bajos y cada día cierran o desaparecen librerías tradicionales, leer –digo-, en el sentido tradicional de la lectura como elemento de difusión del saber y como medio para acceder a la cultura y la formación, es, o cuanto menos así lo parece, un acto extravagante, excéntrico, que sitúa al lector al margen de lo establecido. Leer hoy tiene mucho de riesgo, de asomarse a un vértigo peligroso solo por unos pocos compartido. Leer hoy es la afirmación de la diferencia.

¿Una vida sin libros?

Pese a todo, no me imagino mi vida sin los libros, insisto en ello. Decía Borges que mientras algunos escritores se mostraban orgullosos de los libros que habían escrito, él, por su parte, se enorgullecía de los libros que había leído. Es una diferencia sutil, muy borgiana, pero significativa. La afirmación de Borges no es otra cosa que una apasionada declaración de amor a los libros. Algo nada extraño viniendo de alguien que concebía el mundo como una fabulosa Biblioteca de Babel. En mi caso, si intentara concebir una existencia en la que no hubiera lugar para los libros, soy incapaz de imaginarla. Cierto, como diría Benedetti, que hay libros que abrazan y otros que abrasan, y que algunos libros son aplazables mientras que otros son irremplazables. Y que unos son confidencias en nuestro oído proclive y, otros, alaridos en nuestra sordera voluntaria. En cualquier caso, un libro siempre será el ejemplo claro del arte de lo imposible, una puerta que hay que abrir, un universo por explorar, un espejo donde reconocernos.

En cualquier caso, un libro siempre será el ejemplo claro del arte de lo imposible, una puerta que hay que abrir, un universo por explorar, un espejo donde reconocernos”.

Querámoslo o no, estamos hechos de la materia que se teje en los libros. Más de lo que creemos, seguramente. Los libros nos permiten vivir los sueños y soñar la vida. Ya Höderlin nos advirtió que el hombre deja de ser un mendigo para convertirse en un dios cuando sueña. Y, eso, nos lo permiten los libros. Esto es: trascender nuestra condición doméstica y cotidiana, liberarnos de la grisura rutinaria para acceder a territorios desconocidos en donde reconocernos como individuos llamados a un más alto destino, y, desde ese reconocimiento, afirmar la nobleza de la especie. Con los libros podemos hacerlo. Los buenos libros, claro. Que los otros, los prescindibles, ni siquiera dejan huella.

El poeta mexicano José Emilio Pacheco escribió un breve poema en prosa, titulado, precisamente, “El libro”, que dice:

Lo compré hace quince años. Pospuse la lectura para un momento que no llegó

jamás. Moriré sin haberlo leído. Y en sus páginas estaban el secreto y la clave.

Libro abierto en Canarias.

Foto: enlaciudadsubterránea vía flickr.

Y es cierto que las páginas de un libro encierran múltiples secretos, enigmas y misterios. Y claves, signos e indicios para interpretar la vida y su envés, que es la muerte. Pero un libro no existe sin el lector que lo cumpla. Los libros son seres transitivos, necesitan de la mano que pase las hojas, de la mirada que recorra las líneas, de la mente y el conocimiento, o tan solo de apenas una incierta curiosidad, que vivifique las palabras y convierta en íntima experiencia el quimérico sueño de las ideas. Así es como los libros se convierten en los sueños de los hombres que quieren ser dioses. Un libro es vivir los sueños y soñar la vida, repito. Yo confieso que he leído. También Neruda escribió que cuando cerraba el libro, abría la vida. Yo creo que un libro es la vida y es la vida de la Historia por otros medios.

Porque desde que el ser humano supo hablar, quiso dejar huella de aquello que comunicaba a sus semejantes. Desde que hombre y mujeres supieron encerrar en el lenguaje sus emociones, sus ideas, sus sueños, quisieron dejar constancia de lo que decían, de aquello que transmitían o querían transmitir a sus iguales. Ese fue el origen de la escritura. Ese fue el comienzo de las diferentes escrituras que componen la escritura. Y ese fue también el origen de la lectura. Porque solo a través de los ojos de quien lee, lo escrito adquiere sentido. Solo en la consciencia del lector, los signos contra la página cobran pleno significado. En realidad, el simple acto de la lectura implica miles de significados. Leer uno o varios textos, en voz alta o en silencio, rápidamente o descifrando las palabras con dificultad, en un manuscrito o en la pantalla de un ordenador, equivale, cada vez, a recrear el sentido de lo escrito en función de nuestras propias expectativas, de nuestra propia concepción del mundo.

La responsabilidad del lector

Pero, como he dicho, un libro no existe sin un lector que lo cumpla. Y, en el cumplimiento de ese acto, contrae una carga de responsabilidad. El lector no es inocente y, al adquirir un libro, contrae una cierta obligación, un larvado compromiso. Al leer un libro se tiene la capacidad de dar vida o muerte. Al abrir sus páginas, comienza a respirar el libro y comienza ese misterio insondable de hacer que todo aquello que el escritor ha puesto en letra impresa, se cumpla y se justifique. El mundo encerrado en las páginas de cualquier libro que acogemos entre las manos, solo trasciende si la mirada y el entendimiento lo recorren y lo hacen suyo. Es, ciertamente, una clase de lectura comprometida, creativa, exigente. Es la manera de hacer que lo escrito permanezca, que se propague en el tiempo contra el olvido, formando parte de la memoria viva de quien lee. Es, al cabo, la forma en que el libro lee a su lector.

Al abrir sus páginas, comienza a respirar el libro y comienza ese misterio insondable de hacer que todo aquello que el escritor ha puesto en letra impresa, se cumpla y se justifique”.

Más allá del hecho físico de la comunión entre libro y lector, hay otra responsabilidad añadida en quien cumple la ceremonia de la lectura desde esa postura de compromiso y creatividad. Hablo de la exigencia y el rigor. No digo nada nuevo si afirmo que en los últimos tiempos la literatura española ha cedido a los intereses de mercado, y que se propagan clichés que buscan un éxito inmediato cifrado únicamente en la rentabilidad económica editorial. La buena literatura, desde los clásicos hasta los más actuales, la que debe prevalecer, es otra cosa. Debe serlo. Debe ser capaz de transformarnos, de conmovernos, de interrogarnos sobre nuestra condición y sobre nuestro ser en el tiempo. Más de una vez he aludido a la cuota de culpabilidad que recae en escritores y editores que propician y fomentan esta situación de perversión de los fines más nobles de la lectura.

Pero no es ahora el tiempo ni el lugar para abundar en ello. Ahora baste con referirme al papel que deberían asumir los lectores para poner freno a ese deterioro que nos empobrece intelectualmente. Y es algo tan sencillo como exigir, demandar, reclamar libros de calidad haciendo oídos sordos a las modas y a los cantos de sirena que pretenden dar por bueno lo que es mera artimaña de promoción y propaganda. Esa es su responsabilidad mayor. Unamuno dijo que solo el que sabe es libre y más libre el que más sabe. En los libros, en aquellos que lo son de verdad, se encuentra buena parte de esa sabiduría, de esa libertad.

Peligro, libros sueltos

Para finalizar permítanme que recurra a mi condición de poeta, y que concluya mis palabras con un poema, ciertamente lleno de ironía, que escribí hace algún tiempo y que lleva por título “Peligro libros sueltos”. El poema dice:

Por medio del presente BANDO

SE HACE SABER:

QUE probado y comprobado que los libros existen, aunque las grietas de la oscuridad y el escalofrío del olvido los descompongan como animales lóbregos y despeinados;

QUE los libros no se borran por más que los invada la tristeza y, así, resisten al fuego, a las quijadas burras del odio, al tiempo y sus zancadas;

QUE los libros descubren y revelan la naturaleza humana, su condición de tierra sobre la tierra apasionada y que, incluso acérrimos, descifran aquello que la propia imagen oculta o calla cuando en agua o en sombra se declina sobre el espejo;

QUE todos los libros no hacen la Historia pero sin uno solo de ellos la Historia no es toda la Historia, o, si se prefiere: que el mundo no cabe en una biblioteca pero una biblioteca es más que el mundo porque quién, quiencomo, y a ver, mide los sueños;

QUE la de amores que transcurren por los libros, enteros los amores y los cuerpos que repercuten como corazones sin vestir;

QUE quien toca las páginas de un libro, sí, toca a un ser humano, sus hojas de yerba que lo extienden entre la vida y la muerte;

QUE demostrado, en suma, la perniciosidad manifiesta de los libros en tanto alertan la funesta manía del pensar e incitan al conocimiento de que el conocimiento nos hace libres;

OTRO SÍ QUE probado y comprobado el natural sedicioso de los libros, sugerentes entes feraces y capaces, creadores de afición y propagadores de adicción:

SE PROHIBE LEER LIBROS.

Lo que se comunica al público para conocimiento general,

y para su daño.


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